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Peleas

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Magno Garcimarrero

Aprovechando que el día amaneció soleado, con poco tránsito automotriz en las calles por los días de asueto, mi señora tuvo a bien darme la comisión de sacar los dos perros guardianes que tenemos, a dar un paseo en el parque de “los berros”.

Una vez que moví la cabeza en sentido afirmativo, me habilitó de dos bolsas de plástico… por si las poposes y, las correas de esas que se estiran y encojen a gusto del perro… no está por demás decir que, aunque se llaman “Terror y Terrible”, ambos están flacos, de edad perruna bastante avanzada; ¿raza?: street cross, o sea cruzados de callejeros, pero en casa cumplen con la vigilancia encomendada y amedrentan.

Claro que los actuales ojos electrónicos con sirena hacen lo mismo y son más baratos, pero los aparatos no inspiran el amor del amo hacia “el mejor amigo del hombre”.

Al llegar al parque, me di cuenta que algunas familias habían tenido la misma idea y actitud: dos padres de familia conocidos habían salido a pasear a sus perros, pero mientras los saludos humanos eran cordiales, los canes se pelaban los dientes y se tironeaban de las correas de manera bastante violenta. ¡Seis perros en contienda son muchos perros! Así sea chihuahueños, peor en este caso donde pude identificar cuando menos, a un dóberman y otro rottweiler.

Ante la agresividad de aquellos, mis perros no se asustaron, sino que, contra todo pronóstico, se lanzaron contra los enemigos tomándome de sorpresa, así que las correas se me escaparon de las manos y se encogieron al máximo, de modo que no pude recuperarlas oportunamente. La madeja de perros se hizo indistinguible. Entonces se escuchó una voz femenina que gritó: “Viejo, has algo” …

Y sin distinguir quién de las señoras había hecho la inducción al suicidio, los tres señores nos metimos entre la nube de perros intentando apartarlos. Me imagino que a cierta distancia el estropajo de cuadrúpedos y bípedos se vería como un chipote de patas, manos, hocicos, nalgas, entre dentelladas y mojicones. Las amas intervinieron y amorosamente apartaron a los animales mientras los señores no acabábamos de molonquearnos.

Como nadie supo si los rasguños nos los habían hecho los perros con sus dientes o los amos con las uñas, los tres dueños de los perros acabamos más tarde, sin ponernos de acuerdo, en el dispensario Gastón Melo, para vacunarnos contra la rabia… Ahí nos ganó la risa… Tan amigos como siempre.

M.G.

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