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Maternidad al extremo: Leptonycteris yerbabuenae en el Desierto Sonorense

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Texto y fotografías de: Samara Shames Pérez Harp

En medio del extenso desierto sonorense podemos encontrar el refugio de maternidad más grande que se conoce del murciélago magueyero menor (Leptonycteris yerbabuenae), ubicado dentro de la Reserva del Pinacate y Gran Desierto de Altar (figura 1). En esta zona volcánica, cerca de la frontera con Estados Unidos, los derrames de lava de hace miles de años generaron un ambiente basáltico que ha dado lugar a refugios ideales para algunos animales como los murciélagos. Es justamente en un tubo de lava colapsado de 300 metros de profundidad donde cientos de miles de hembras que vienen desde el centro y sur de México, se reúnen a tener a sus crías cada año, al final de la primavera. Es por esto que este lugar se considera una pieza clave para la especie y su conservación.

Figura 1. Entrada al refugio de maternidad (Fotografía: Samara Pérez Harp).

Una vez establecidas en su refugio temporal, las madres, y próximas a ser madres, emprenden vuelos nocturnos de hasta más de 100 km para alimentarse del néctar de los miles de saguaros (Carnegiea gigantea) que se encuentran en esta región. Estos cactus gigantescos, endémicos del desierto sonorense, adornan en grandes densidades muchas zonas a lo largo de la frontera México-Estados Unidos y se llenan de flores en esta temporada del año (figura 2). De esta forma, el desierto se vuelve un atractivo festín de néctar y polen que, sin duda, es explotado por las hambrientas madres que requieren una buena dosis de energía extra en esta temporada de gestación y lactancia.

Figura 2. Saguaro en floración (Fotografía: Samara Pérez Harp).

Y vaya que hay evidencias de esto: las hembras regresan al refugio cubiertas de polen de saguaro, cual galletas espolvoreadas de azúcar, y con un abdomen que refleja el festín de la noche (figura 3, 4 y 5). Incluso a primera vista, algunas de ellas pueden parecer embarazadas por la cantidad de comida consumida. Sin embargo, aquellas realmente preñadas no dejan lugar a las dudas, y su imagen se queda grabada en tu cabeza. ¿Cómo un animal de este tamaño puede volar con tal peso extra en su vientre? Es realmente sorprendente que estos pequeños mamíferos de 20-30 gramos emprendan un vuelo de tantos kilómetros con una cría a punto de nacer, de 4-7 g (Cole y Wilson, 2006). Ahí es cuando el retrato de la tierna madre preñada (figura 6 y 7) se vuelve un ejemplo de fuerza en la naturaleza, cruzando desiertos y fronteras de países para alimentar a su cría.

Figura 3, 4 y 5. Hembra de Leptonycteris yerbabuenae espolvoreada de polen de saguaro (Fotografía 3 y 4: Samara Pérez Harp; fotografía 5: Javier Torres).

Figura 6 y 7. Hembra preñada de Leptonycteris yerbabuenae (Fotografías: Samara Pérez Harp).

Y hablando de crías… las hembras dejan a sus recién nacidos acomodados en densos parches donde esperan juntos el regreso de sus madres (figura 8), que sorprendentemente logran reconocerlos entre el mar de cabecitas (Iñarritu-Castro, 2017). Estas pequeñas criaturas que nacen sin pelo se congregan para mantener el calor entre ellas, dejando ver solamente las numerosas cabecitas rosas con ojos entrecerrados que te miran desde el techo del refugio.

Figura 8. Parche de crías de Leptonycteris yerbabuenae en el techo del refugio (Fotografía: Samara Pérez Harp).

Sin embargo, al transcurrir el verano y aproximadamente dos meses después de los nacimientos, esta escena de madres y crías desaparece junto con las flores y frutos de los saguaros. Los miles de murciélagos de ambas generaciones emprenden su vuelo de vuelta al centro y el sur del país. Será hasta la siguiente primavera que el refugio recibirá nuevamente a miles de hembras para completar otro episodio de maternidad al extremo, en uno de los desiertos más impactantes del mundo.

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